Mié, 10/03/2018 - 08:20
Foto tomada de lacamaramanila.com

La depresión de la crisis

La crisis es como un virus en mi país. Es una enfermedad a la que te acabas acostumbrando, pero que de vez en cuando deja señales que te demuestra que sigue viva y domina tu vida. Llevamos diez años conviviendo o más bien, coexistiendo con ella con todas sus consecuencias. Lo peor fueron los años del 2011-2015. Tras esos años, nos fuimos acostumbrando a ella, adaptamos nuestra vida como si estuviera desapareciendo. No era el caso, nos habíamos hecho a ella, como te haces a una nueva marca de café o a un zapato que te roza. Nos hicimos más duros.

Recuerdo los años  2011-2015, como una etapa de desánimo, tristeza y desesperanza. Sobre todo en la generación joven, que miraba al futuro sin desgana. Nadie se podía permitir gastar dinero en cosas superficiales, las cosas se fueron a justando a lo quiero todo y gratis, la menor precio. El trabajo también se adaptó con leyes que facilitaban un nuevo tipo de trabajador, el esclavo. La persona que hace mucho más de lo que viene en el contrato, que supera las horas no por más dinero, sino por el miedo al despido y que duramente podía enfrentar nada más que los gastos mínimos del vivir.

No obstante, se fue normalizando todo, como cuando un resfriado dura demasiado y ya ni recuerdas cuando no estornudabas.

La depresión, la desgana y la desilusión, se vieron obligadas a vivir en un segundo plano porque era un monstruo que nos devoraba como sociedad. No nos podíamos permitir perder a una generación joven en el desasosiego de no tener opciones en su vida.

Empezaron a aflorar personas que dejaron de tener miedo por sus pocos ahorros en una especie de hedonismo/ carpe diem, encerrado en las pequeñas cosas que se podían permitir económicamente. Como un espejismo en los años de crisis económica y empeoramiento el sistema del bienestar, nos sumergimos en una especie de burbuja donde parecía que lo malo había sido superado por lo bueno. No veíamos lo que sí existía fuera de la burbuja.

Despacito, las realidades, los cambios políticos que no se dieron, la corrupción, la esperanza por cosas que no terminaron jamás de suceder, el desgaste de como el día a día no cambiaba, los pocos ahorros se acabaron, todo eso y más acabaron por desgastar la fina capa de la que estaba hecha la burbuja. Pequeñas fisuras nos devolvían a la realidad, juicios por corrupción cuyos resultados no eran netamente justos, las condiciones laborales que seguían sin cambiar, ese acostumbrarnos a todo aquello que ya veíamos sin auto dopaje, hizo que persona a persona nuevamente esa nube pesada de depresión, y desesperanza nos vuelva a cubrir.

Y aquí estamos, en plena recaída. Sabiendo que las antiguas herramientas no funcionaron, sabiendo que el problema es sobre todo político, que pese a nuestros intentos por tratar de cambiarlo no funcionaron. Durante el periodo estival se hicieron menos reservas vacacionales que en años anteriores, y fue justo así como empezó la otra vez. Porque los pobres esclavos trabajadores, ya ni disponían de esa bola de oxigeno que suponía poder permitirse 15 días al año en la playa.

Deprimidos, alienados, desesperanzados, acostumbrados a lo malo como si fuera lo normal, mi generación vuelve a caer en un agujero negro del que ahora mismo ni se sabe cómo salir. Mientras, la política sigue su curso, quizás esperando a que algo inesperado suceda o que simplemente el paso del tiempo nos vuelva por inercia a tiempos mejores. Y los políticos… esa es una historia de miedo con la que tenemos pesadillas.

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