Sáb, 05/06/2017 - 09:38

Adivina quién soy

Primera Parte

Un niño llega de la escuela y le dice, muy asombrado, a su padre: — Papá, ¿sabías que hay países donde el hombre no conoce a su esposa, sino hasta que se casan? — Eso es así en todo el mundo, hijo —responde el padre.

El deseo sexual entre hombre y mujer puede surgir desde el momento de su primer encuentro; puede ser la base de lo que llaman “amor a primera vista”.

Si el hombre está casado y la mujer parece ser de aquellas que dicen “no me interesa un hombre con problemas” (problemas en este caso significa “está casado”, y siempre me he preguntado si lo busca sin problemas para creárselos ella), si el hombre percibe que esa mujer se alejará de él si descubre que está casado, y si está decidido a “comerse esa tuna aunque se espine la mano”, es posible que le mienta. No es necesario repetir aquí el repertorio clásico de mentiras para esta situación, porque son de sobra conocidas.

Igual ocurre si se desea aparentar una posición favorable desde otro aspecto; el dinero, por ejemplo. Si la mujer que tiene enfrente parece interesada en la riqueza del hombre, es posible que éste empiece a enumerar un listado de propiedades que solo está en su imaginación. Por otro lado, también hay mujeres que durante las primeras citas ocultan que tienen hijos, por temor a que ese nuevo posible marido se espante antes de estar bien enganchado en las redes del deseo y la costumbre que se conocen como amor.

Cualquiera sea la situación que escojamos para analizar, el modelo es el mismo: Una persona se está mostrando ante la otra como no es en realidad, con características que parecen deseables para la otra, y sobre ese engaño intenta construir una relación intensa, o duradera, o “importante”. Normalmente esta situación de engaño se ve favorecida porque la otra persona tiene un interés recíproco que la induce a hacerse la pendeja para no tener que descubrir la verdad, lo cual echaría a pique el asunto, o también está mintiendo en otro aspecto para lograr su deseo complementario.

La pregunta clave sería: ¿De quién está enamorada esa persona que me dice que me ama, de mí o de la persona que inventé para engañarla?

Puede ser que, por ignorancia o por cinismo, se diga “da igual, el caso es que ahí la tengo”, pero no da igual. Es como si una mujer vive conmigo pero está enamorada del vecino; se acuesta conmigo, pero en su mente piensa que lo está haciendo con el vecino, sus pensamientos permanentemente están enfocados en él, lo desea a él.

Evidentemente, el engaño se devuelve contra quien lo tramó; de engañador pasó a ser engañado, porque vive una mentira, un amor que en realidad no es para él, y él lo sabe. Por cínico que quiera parecer, una vocecita en su interior le dice cada día, de cuando en cuando, “¿qué pasará cuando se entere de la verdad?”, y esto no lo deja disfrutar plenamente de lo que parece tener, de lo que con mentiras consiguió. Esa es la primera parte de su “castigo”.

Otras partes del “castigo” a su fraude pueden manifestarse como enfermedad (úlceras nerviosas, problemas digestivos graves, etc.), o como recurrentes “desgracias” familiares, etc. Y, por supuesto, un día puede cumplirse la amenaza permanente de que se conozca la verdad (lo cual la gente tiende a interpretar como “el problema”, cuando en realidad es la solución).

Esta situación permite revisar, desde la consideración moral, quién está peor en esta situación de engaño, la víctima o el victimario.

¿Por qué se somete la gente a vivir una mentira como esa? Porque TEME (volvió a aparecer este fantasma omnipresente) que nadie la aceptará como en realidad es. Pero hay algo peor aún, porque YA ACEPTÓ COMO VERDAD QUE ELLA NO ES ACEPTABLE como es.

Para volverse aceptable se recurre a maquillaje, tintura de cabello, cirugías estéticas, ropa bonita, etc., pero lo que en realidad requiere una cirugía es su autoimagen, su postura existencial fundamental. Es necesario revalorizar lo que somos.

¿Qué se puede hacer para volverse aceptable como en realidad es? Fundamentalmente, dejar de mirarse con los ojos de los demás, no pretender satisfacer las expectativas de los demás, no intentar encajar en un modelo ficticio que otros han presentado como “el único aceptable”.

Todos los modelos son aceptables. Mire alrededor y encontrará millares de presentaciones diferentes en todas las especies naturales. Cada especie vegetal y animal tiene formas y colores diferentes, y todas son hermosas.

La única especie que intenta cambiar el color o forma de su cabello, aumentar o achicar partes de su cuerpo, es la humana. Somos los únicos que seguimos a una mente loca que nos dice que es mejor lo que a ella se le ocurre en un momento que lo que el universo ha logrado construir en 13.500 millones de años de evolución. Si usted es persona religiosa, piénselo como estar intentando corregirle la plana a Dios porque “usted sabe más que él cómo debe ser su cuerpo” (esta soberbia hace que las madres torturen a sus hijas bebé perforándoles las orejas para colgarles alambres que no venían en el diseño original).

Estas consideraciones sobre lo físico tienen extensión en lo conductual, pero no podemos extendernos más por hoy, así que terminaremos en la próxima columna.

Namasté.

 

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