Dom, 08/18/2019 - 08:42
Foto: Tiempos modernos, Charles Chaplin (1936)

Comprar una personalidad

Ya comenzó: nos convencieron de que sus productos son más que eso, más que inventos para aumentar sus ganancias, nos convencieron de que son necesidades, requisitos indispensables para cumplir con sus estándares para una vida perfecta que aparecen en algún libro escrito como producto y vendido como el secreto para ser feliz.

Hicieron de sus inventos necesidades, las fabricaron, y para cada necesidad, crearon una solución, porque el sistema nunca pierde. Y finalmente, convirtieron cada pantalla, cada vitrina, cada página de sus periódicos, en un replicador de su modelo de vida para hacernos cada vez  más dependientes. Se inventaron todo un discurso  motivacional en torno a ello: ser cada vez  más productivos, que significa ser más esclavos, más silenciosos,  más estandarizados y en el fondo, más como un producto.

No está lejos el día en que en las estanterías, junto con sus productos, nos vendan personalidades, cada vez  más frívolas, cada vez más homogenizadas: compre hoy su personalidad del día y sea irreverente; no se pierda la oportunidad de ser un intelectual, este producto incluye dos o tres frases comunes para usar en discusiones de moda; sea hoy el centro de atención con esta arrolladora personalidad que incluye chistes y frases ocurrentes; sea tan sofisticado como lo ha visto en televisión con esta nueva y exclusiva personalidad solo para triunfadores. Porque de eso se trata, o de eso quieren que se trate todo: ser como ellos mandan, ser a su medida, ser acorde a su molde, a su perfección y a sus reglas. Cada vez  más fingidos, más productos y por ende más descartables.

Es, creo, como dice una canción: “éramos humanos y ahora vete tú a saber”. Somos mercancía de unos cuantos que hicieron unas reglas sin preguntar y dictaminaron sobre lo que era perfecto y sobre lo que era deseable y antes de nacer, antes de existir, ya nos habían obligado a vivir y producir para ellos, y, antes de comprender lo que era un contrato, ya habíamos firmado uno para aspirar a la perfección, siempre a la perfección, porque el sistema no tiene tiempo para lo imperfecto. Por eso crear es una forma de resistencia, porque crear y producir son cosas distintas y por ello hay que apostar todo por una palabra, aunque sea una, escrita en algún papelito, rayada con tinta negra o azul o púrpura, no importa, y luego ir juntando palabras porque esas palabras serán la primera frase o el primer párrafo o la primera página de una obra, a pesar de que la vida se nos vaya en ello. Por eso hay que hacer de la obra una necesidad vital como respirar, como comer y hacer que la obra sea la vida: escribir es resistir.

Por eso hay que volver la obra una trinchera, un lugar alejado de las cadenas de producción y de las estanterías, un lugar para escribir siendo imperfectos y humanos, que es, en últimas, escribir para definirnos y no para vendernos.

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