Jue, 09/24/2020 - 16:40

De Santander a Belalcázar

El 8 de octubre de 1976, un grupo de jóvenes decapitó el busto del general Francisco de Paula Santander que desde 1940 presidía la plaza en la Universidad Nacional, en Bogotá. Ese día era un aniversario más de la muerte de Ernesto, el che Guevara, enviado por los hermanos Castro a promover su dictadura en Bolivia.

Uno de estos destructores, hoy conocido abuelito reposado, me comenta 44 años después, que entonces tenía un vago conocimiento sobre ambos personajes. De Santander había oído que fue rival de Bolívar, pero ignoraba que el rosariense y cucuteño fuera nada menos que fundador de la educación en Colombia y de la Universidad Central de la República, precursora de la Universidad Nacional, de cuyas ejecutorias supo tardíamente. De Guevara, dice, le atraía su imagen entonces vendida como pan, cuya autoría fue de un fotógrafo cubano (destape del mercadeo de hoy), a la vez que estaba atrapado por los ardientes discursos de Fidel Castro, que captaba a través de Radio Habana.

Hoy, la revolución cubana solo queda en el papel y sus sobrevivientes tuvieron la fortuna de vender la propaganda de Fidel a un delirante coronel Chávez, con tan buena suerte que siguen manejando a la Venezuela oprimida, e insisten en capturar a Colombia, gracias a la ayuda de los pésimos gobiernos acá, realidad que aprovechan numerosos colombianos, más violentos que los de 1976, y a punta de coca y verborrea.

Sobrevive, eso sí, la mala costumbre de destruir riqueza, historia y posibilidades de progreso personal. En lugar de analizar, eliminar odios, educar, rectificar y construir. Como que en esta trampa cayó un grupúsculo de indígenas Misak que la semana anterior tumbó de su pedestal la estatua del conquistador Sebastián de Belalcázar, en Popayán. De este español hay historias sobre sus crímenes, pero también se le recuerda como fundador de esa ciudad y de Cali. ¿Por qué sólo rechazar la historia negativa de un hecho, sin aprender de ella y, más, estudiar sus buenos aportes?

Aprender de la historia, y avanzar, es lo que necesitamos.

En Polonia guardan cuidadosamente el campo nazi Ausch­witz-Birkenau, Museo Estatal, declarado por la Unesco patrimonio de la humanidad, actualmente en plena restauración de su historia. Allí, los presos eran engañados, a su entrada el lema: “el trabajo te hará libre”, siendo la verdad el exterminio que sobrepasó el millón de víctimas, envenenadas a punta de gas. En la actualidad más de dos millones de ciudadanos del mundo lo visitan cada año, para aprender de esta tragedia. En Hiroshima está el Museo de la Paz, y en Nagasaki el Museo y Parque de la Paz. En Camboya el Museo del Genocidio Tuol Sleng, conmemorando cientos de miles de torturas y asesinatos ocurridos allí, entre 1975 y 1979 por parte de los bárbaros de la “Campuchea Democrática”.

Más cercanos tenemos los recuerdos de la guerra de Corea, que apreciamos en Panmunjom, con monumento a los colombianos muertos allí, apoyando la libertad coreana. Con los años seguro que se erigirán monumentos y recopilarán historias sobre las víctimas de lesa humanidad durante la revolución cubana, el socialismo chavista y el confinamiento a terroristas en la prisión estadounidense de Guantánamo.

Aquí aún no hemos hecho memoria organizada sobre las atrocidades cometidas por las farc y los paramilitares. Estamos en mora frente a estas sangrientas décadas y muchas más, entre ellas las de la colonia española. Mejor comenzar a aprender, antes que llegar a los extremos de otras naciones. Que en Bogotá siga avanzando, imparcialmente, el Centro Nacional de Memoria Histórica. Que nuestros museos y academias de historia reciban más apoyo de los gobiernos y de empresarios, para que se acerquen a la gente, y en especial a los colegios. Que construyamos sociedades de amigos de nuestros monumentos y de las historias que los han originado.

Para que los incautos e ingorantes de nuestra historia no caigan ante la demagogia de politiqueros ilusionistas.

Para no perder las energías de la juventud en falsas ilusiones, como lo hizo el hoy abuelito, que en 1976 aportó a la destrucción de la estatua del general Santander, obra de Luis Pinto Maldonado en homenaje al fundador de la Universidad Central de la República, luego Universidad Nacional. Hoy, este septuagenario quiere reivindicarse y dedica buena parte de su tiempo a estudiar y promover al Hombre de las Leyes y Padre de la Educación en Colombia. Por eso aconseja a los profesores y sus gremios, los especializados en marchas, arengas y otras acciones no tan sanas, que sean serios y comiencen a estudiar la historia, recomendándoles (y recomendándonos) la obra “Francisco de Paula Santander. Fundador de la educación colombiana”, un texto muy bien documentado y ameno, del historiador y académico Antonio Cacua Prada, publicado por la Universidad de América, de Bogotá.

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