Dom, 06/13/2021 - 11:42

El mundo en una mirada

Mirar por la ventana y saber que lo que pasa afuera es el mundo. Y lo que está allá, lejos de la mirada, también. Saber que en ese instante, ahí en la ventana, tenemos una visión del mundo, solo una y que no sabemos nada de este. Cada transeúnte lleva a rastras una historia y camina a un destino. Cada uno es una historia.

A veces me pregunto qué hay detrás de cada caminar, de cada gesto, porque esas cosas y otras cosas –el ritmo al caminar, los gestos, las palabras y en fin, todo lo que nos define- son formaciones silenciosas que tardan años en echar raíces en nosotros. Como las montañas, que se forjaron de vientos y lluvias y temblores de tierra a lo largo de días y días que se hicieron años y siglos. Las costumbres son nuestras montañas: inamovibles, parecieran estar ahí desde siempre, pero se formaron en tantos ires y venires, en tanta vida. Todos somos, en cierta medida, geografía.

Así he escrito una que otra historia, aventurando respuestas valiéndome solo de un instante en mi mirada, tratando de desenmarañar lo que hay detrás de gestos como el arrastrar un pie al caminar o el cruzar la calle sin mirar a los lados, pero esas miradas no son más que eso: la perspectiva de un instante. Una apuesta y solo eso. Pero escribir, creo, es también eso, apostarlo todo por una historia, por una página, por un párrafo. No se sabe nunca qué habrá después de cada historia ni si habrá otro punto final, otro después, en otra historia, en otra mirada. Escribir es apostar.

Y yo le puesto todo, o le quiero apostar todo, a no dejar de sorprenderme. Porque sorprenderse es ir por la vida con el detenimiento que se requiere para escribir y por eso habría que detenerse para mirar y volverse a sorprender, por ejemplo, con la fuerza del afecto, ahora que lo que cuenta es la conveniencia y la ganancia, o con lo revolucionario que llegó a ser lo comunitario, que es lo contrario a la competencia, a la acumulación, al imperio del “yo por encima de todo”. O mirar y volverse a sorprender con cosas que han estado en el mundo desde siempre: con el tránsito del río, con el vapor que viene con la lluvia, con la imponencia del mar o con la inmensidad de las montañas y con la textura de las nubes que se pegan a ellas, como si fueran otro país, otro territorio, y saber que esas montañas con sus nubes, tan cerca en la mirada, están a muchos pasos y hay que caminar y caminar y caminar para llegar a ellas, para subirlas y meterse entre las nubes y perderse entre su piel de árboles y tierra. Le apuesto todo a eso, a hacer que cada mirada se parezca a la primera mirada de la que tanto ha hablado cierto escritor.

Porque hay magia en esa mirada y hay magia en sorprenderse. O debe haberla, al menos. Y quizás baste con creer en esa magia para que sea mirada y así, se vuelva parte de nuestra historia.

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