Mar, 05/11/2021 - 11:46
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Gritos y sangre

El grito, la bofetada, el puñetazo, la patada, la navaja (o el cuchillo), la porra, la pistola, o cualquier otro objeto que ayude a hacer daño a otra persona. Todo engendra violencia. La lucha, la oposición por la fuerza, son modos y formas tan adheridos a nuestra naturaleza que muchas veces los vemos como la única solución para un problema, en ocasiones incluso para erradicarlo.

Todo empieza desde que somos bebés, no nos entienden y comienza el primer  grito.

Las nuevas líneas de crianza respetuosa tratan de eliminar de la educación todos estos hábitos que crean a nuevos individuos con esa raíz de violencia más o menos metida dentro de ellos.

La fuerza nos sirvió como especie, pero ahora que somos seres civilizados deberíamos empezar a verla, como lo que es: una lacra.

Ya no somos animales a ese nivel, hemos creado tecnologías, inteligencia y un  mundo tan seguro que nos hemos convertido en nuestro propio depredador.

La sangre que se derrama como una lágrima de duelo por todo lo que tratamos de construir. Algo que  subyace en un lema de fondo fuerte e imparable, el valor incalculable de la vida humana.

Erradicarnos como depredadores de nosotros mismos, sería obligatoriamente nuestro objetivo principal como especie.

Pero, en vez de progresar, nos dejamos llevar por todo aquello que contaba al principio, armas que desencadenan dolor en múltiples formas.

La solución a los problemas no cabe en una agresión, no tiene hueco, no es sinónimo de ello. El ataque venga de donde venga debe ser penalizado. Cuando este nos viene de quien debe protegernos, es que la corrupción humana huele.

El Estado democrático tiene la obligación de cuidar a sus ciudadanos, tiene el compromiso de que nuestra especie humana no llore más lágrimas de sangre. Todo lo demás, no olvidemos que puede traducirse en una enfermedad política.

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