Dom, 12/20/2020 - 11:44

Lo fundamental

Pongámonos de acuerdo en lo fundamental. Que nadie se muera de hambre, por ejemplo. Que nadie viva sin un techo. Que el albañil tenga casa y el sombrero, sombrero, como dice una canción. Un acuerdo, nada más que eso, que sea un sumar voluntades para hacer real lo que solo existe en canciones y en libros.

Llamémoslo trato, como Benedetti, o pacto o tratado, no importa. Lo que importa es sumar, decir, escribir, luchar, todo por cosas sencillas: que a nadie lo torturen en el sótano de algún edificio oficial; que a ningún muchacho le disparen por la espalda y lo vistan de rebelde para justificar su muerte; que todas las mujeres puedan caminar sin temer a ser perseguidas, maltratadas, violentadas, juzgadas; que a nadie lo señalen por amar o desear a su manera, por elegir y reivindicar su manera de habitar el mundo.

Habrá quienes digan que es imposible. Expondrán cifras, hablarán de deudas fiscales, dirán que es insostenible, que no hay fondos suficientes. Repetirán, con las manos y los bolsillos llenos, que los pobres son pobres porque quieren, que a nadie lo matan si mantiene la callada obediencia, que hay daños colaterales, sí, pero en busca de un bien mayor. Dirán que los reclamos de tantas mujeres son injustificados, que son locas, paranoicas, radicales. Se escudarán en las frases de siempre. Nos llamarán rebeldes o disparatados o terroristas, cualquier palabra que sirva para justificar silenciamientos, sentencias de muerte, desapariciones. Los métodos del poder siendo poder.

Y encontrarán quién los justifique, por supuesto. Siempre ha habido y siempre habrá algún experto, algún periodista, algún analista, pago con favores o con dinero, dispuesto a decir lo que le manden a decir. Así funciona y así funcionan. Creen que la gente es mala y no merece, como dice alguna canción de Silvio Rodríguez, porque se adjudicaron hace mucho el derecho a merecer, a acaparar, a que todo pase por sus manos y vuelva a sus manos, a sus arcas.

Hagamos un trato, a pesar de ellos. Creemos y sumemos más allá de los ímpetus, de las cifras, de lo medible, de lo rentable. Volvamos a lo comunitario, al compartir, que es lo contrario a acumular, y con ello nos oponemos a la lógica del mercado. Luchemos por utopías aunque vayamos a perder, porque ese perder y ganar también lo inventaron otros. Hagamos obras que incomoden y con ellas cuestionemos sus métodos, sus formas, sus moldes, sus reglas y finalmente, quedémonos con la convicción, que ya es mucho, de volver esas obras luchas pero sobre todo, voluntad de que las palabras también sean actos.

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