Lun, 04/27/2020 - 10:34

Nos cerraron la puerta en la cara

Nos dijeron que el amor era una transacción y entonces fuimos por ahí, de cuerpo en cuerpo y de alma en alma, queriendo intercambiar cuatro o cinco o diez palabras de alguna postal con una frase atribuida a Borges o a Cortázar por amor.

No importó si la frase era de Borges o de Cortázar o de cualquier otro, o si era una frasecita insulsa repetida dos mil o tres mil o seis mil veces porque lo importante era la transacción, intercambiar esas frases que nos dijeron que eran de amor, por aquello que nos dijeron que era amor. No nos atrevimos a ponerlo en nuestras palabras porque nos dijeron que ya todo estaba dicho y porque repetir era más fácil.

Nos dijeron que las revoluciones eran un fracaso y lo creímos y entonces desdeñamos de los revolucionarios mientras los dueños de esa historia llamada historia oficial nos aplastaban a todos, revolucionarios o no. Repetimos que las revoluciones eran un fracaso, aun cuando fue por uno o varios revolucionarios que nos atrevimos a pensar "que el mundo era redondo y que la muerte era el final", como dice una canción de un grupo español de esos que no suenan en la radio, y así, pudimos vivir más allá de eso que llaman culpa y de eso otro que llaman pecado.

Nos dijeron que fuéramos productivos, cada vez más productivos, y pese a estar lejos de su fuero, nos atiborraron con sus cifras, con sus metas, con sus políticas orientadas al cumplimiento, e idearon alguna frase para hacernos creer indispensables y así firmar un compromiso irrenunciable e ineludible a sus causas, que más que causas con estadísticas de ventas, y luego nos desecharon y con el gesto lastimero practicado nos cerraron la puerta en la cara: "gracias por tu compromiso, te llamamos si te necesitamos".

Nos esclavizaron a sus cifras, a sus metas, a sus conceptos preestablecidos sobre el éxito y la productividad y lo bueno y lo malo y por eso no nos atrevimos a volver el amor una lucha y nos convencimos de que lo único importante era producir y nos olvidamos de crear.

Despotricamos de los revolucionarios y sus luchas, graduándolos de mártires inútiles, lo hicimos para complacer, para encajar, para obtener un puesto y con ello nos alquilamos, aunque en el fondo creyéramos que el mundo, este mundo de normas dictadas para oficio y beneficio de unos pocos señores de apellidos altisonantes, necesita, más que unos cuantos dispuestos a morir por sus causas, unos cuantos dispuestos a vivir por ellas y para ellas y a hacer de esas causas un motivo para respirar, para comer, para seguir caminando.

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