Dom, 03/15/2020 - 12:06
Lavado de manos (imagen: Pixabay, Milene2401)

Transporte y coronavirus

Con la irrupción del coronavirus en la vida cotidiana de las personas, se plantean nuevos retos para las sociedades humanas y también para los sistemas masivos de transporte. Prevenir el contagio es la premisa. Para ello las ciudades han tomado una serie de medidas que van desde recomendaciones en salud como el lavado de manos hasta restringir la demanda normal de transporte público amparadas en herramientas como el teletrabajo y la flexibilización de los horarios de entrada y salida de los trabajadores. Los efectos de estas medidas en el largo plazo están por evaluarse, especialmente en el ámbito de la planificación del transporte y también en la reducción de muertes por enfermedades infecciosas.

Lo que vivimos hoy parece traído de una novela de ciencia ficción, tal vez escrita por Isaac Asimov.

Los habitantes de la tierra en el siglo XXI, año 2020 para ser más exactos, deben luchar contra un enemigo invisible, al que no pueden ver. Para verlo hay que tener microscopios o grandes lentes de aumento para observar microorganismos.

Este enemigo, al que nadie puede ver, está en el aire, en el éter, y se transporta a través de micropartículas de saliva, sudor o fluidos corporales. Una lágrima, tal vez, o una microscópica secreción nasal del portador.

Como ciegos, o igual que si estuvieran en una habitación completamente oscura, los habitantes de la tierra luchan contra este enemigo invisible con elementos básicos de asepsia como son el agua y el jabón, haciendo un lavado de manos riguroso y frecuente, esperando con ello detener la transmisión del virus; o al menos, demorarla mientras los científicos inventan una vacuna.

Ya hay noticias, no confirmadas, de una desarrollada en China, país de donde es oriundo el virus.

En toda la tierra, los líderes mundiales toman medidas que se espera retrasen los contagios mientras los sistemas de salud atienden a los enfermos. Lo peor que podría pasar es que el número de contagiados aumente sin control, desbordando a hospitales y médicos.

El envejecimiento poblacional ha hecho que el virus sea más letal en países con mayor número de ancianos como Italia, que hoy reporta 1.441 personas fallecidas, 17.750 personas enfermas y 1.966 curadas.

El coronavirus o COVID-19, como se le conoce mundialmente, es la más reciente de las pandemias declaradas como tales por la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Las recomendaciones de organizaciones reconocidas en el planeta por el estudio y manejo de las epidemias como el Centro para el Control y Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC de Atlanta), son de aseo, asepsia y limpieza permanente de superficies con sustancias como el hipoclorito de sodio. El uso de agua y jabón para las manos, evitar llevar las manos al rostro, ojos, oídos y nariz y evitar el contacto con personas enfermas.

Estás recomendaciones han constituido un desafío para las autoridades nacionales y municipales en los países de los cinco continentes. Primero, porque los hábitos de aseo y asepsia personal en la población mundial no son los mejores. Segundo, porque el aire, a diferencia de las fronteras físicas, es difícil de controlar. Tercero, porque en las grandes urbes y ciudades lo masivo es lo característico de estas.

Las grandes concentraciones de gente, ya sea en la calle, en el transporte público o en los eventos como el fútbol o el cine son propias de la época. Los colegios y universidades pueden albergar a miles de estudiantes y profesores. Las manifestaciones religiosas, igual. Las zonas o centralidades de concentración de trabajadores también.

¿Cómo evitar o desacelerar el contagio? En ciudades como Bogotá, el gobierno distrital declaró la alerta amarilla en salud, que activa la red de prevención y atención para la población (calculada esta en más de ocho millones de personas).

En este marco, la ciudad activó la posibilidad de que los ciudadanos que diariamente van a sus trabajos desempeñen sus funciones a distancia, desde sus hogares en la modalidad de teletrabajo y de que los estudiantes usen herramientas virtuales, previamente preparadas por sus docentes, para el aprendizaje en línea o teleducación.

Esto, por supuesto, disminuye la demanda de transporte público, evita que el virus se esparza y les genera beneficios como la localización a las personas y al sistema de salud en caso de contingencias o detección de personas contagiadas.

Otra medida que implementó Bogotá fue la flexibilización los horarios de entrada y salida de trabajadores para que el desplazamiento de estos se distribuya a lo largo del día.

Esto hará que las aglomeraciones en el transporte público disminuyan frente a las que se presentan en un día normal en hora pico o de máxima demanda.

El sistema integrado de transporte público, por su parte, desinfecta diariamente sus buses e instaló lavamanos en sus estaciones, los que están disponibles para los usuarios.

Lo cierto es que cada ciudadano debe ajustarse a esta nueva realidad, planificando cuidadosamente sus viajes con criterios de autoprotección y eficiencia.

El final de la historia, que ahora no es ciencia ficción, lo construyen las sociedades, haciendo un uso moderado de los recursos disponibles, siguiendo las recomendaciones en salud y conservando la calma en momentos en los cuales el pánico colectivo puede estallar.

Los efectos de estas medidas en la productividad de las ciudades y países están por evaluar. Si son positivos, probablemente los ambientes laborales, educativos y de planificación de transporte ajusten sus previsiones y metodologías a una realidad que se presentó aceleradamente y para la cual posiblemente ya estábamos preparados: la del teletrabajo, la teleducación y el uso más racional de los medios de transporte.

Solo queda, además del autocuidado y el reporte de alertas, ser solidarios con las poblaciones que no tienen agua potable para satisfacer sus necesidades básicas de alimento y aseo.

La iniciativa Litros que Ayudan, de la empresa Postobón, citando cifras del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE) de Colombia, afirma que la cobertura de los servicios de acueducto “es de 92,3%, mientras la de alcantarillado es de 88,2%, es decir, hay más de 3,6 millones de personas sin acceso al primero y otras 5,6 millones que no cuentan con el segundo. Y ni hablar de las zonas rurales, donde ninguno de los dos servicios supera el 75% de cobertura”.

La Asociación Mundial de Lavado de Manos afirma que cada año las enfermedades infecciosas como la diarrea y la neumonía les producen la muerte a más de 1,4 millones de niños menores de cinco años en el mundo.

Esta asociación, cuyo comité directivo está conformado por Colgate-Palmolive, FHI 360, la Facultad de Higiene y Medicina Tropical de Londres, Procter & Gamble, UNICEF, Unilever; la Agencia del gobierno de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID), el Programa de Agua y Saneamiento (WSP) del Banco Mundial, y el Consejo de Colaboración para el Abastecimiento de Agua y el Saneamiento (WSSCC), calcula que se pueden reducir a la mitad las muertes por diarrea y en una cuarta parte las causadas por infecciones respiratorias con el lavado de manos.

Habrá que conocer el impacto del coronavirus y su prevención en la disminución de muertes por enfermedades infecciosas y, por qué no, en la planificación del transporte masivo en el largo plazo.

There is 1 Comment

Acciones que son borradas y tiradas a la basura con la implementación de una restricción que obliga a miles de ciudadanos de vehículos particulares a que se suban a ese mismo medio de transporte que a nivel mundial piden no usar. Medidas que solo se ven en "Polombia". Gracias.

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