Dom, 08/15/2021 - 08:06

Oasis y repeticiones

La perfección es una especie de oasis que asoma el piececito en cualquier red social. Los usuarios se agolpan buscando clics, me gusta y comentarios, tratando de ser todo lo que se espera que sea. No podemos olvidar que el ejercicio de realizar un tratamiento para dejarse ver más perfecto, es lo que comúnmente se llama “postureo”.

Hace años que en la sociedad actual hay gente que vive, que trabaja de lo que antaño se llamaría “aparentar”.

Nos perdemos como moscas en una tela de araña que dejamos que construyan a nuestro alrededor. La perfección es tan amable, te susurra al oído dulzuras que quieres en tu vida. Justamente entonces nos llenamos de fuerza para emular a aquellos a quienes queremos parecernos. Sin saber que tratamos de parecernos a alguien que no es totalmente real, alguien que no nos cuenta toda la verdad.

Entonces entramos en el entramado oscuro, lleno de ansiedad, decepciones, la larga sombra de la decepción. Al principio nos sentimos decepcionados con nosotros mismos por no lograr una quimera sin querer darnos cuenta de que estamos ante una.

Debemos, debemos, debemos, es un verbo que se conjuga demasiadas veces en nuestro hablar cotidiano. Finalmente lo tenemos tan usado que hasta olvidamos que no era algo inherente a nosotros mismos.

El deber ser nos consume, nos mastica y escupe. Entonces comenzamos a abrazar y comprender lo que nos hace diferentes. Entrando así en un nuevo bosque con lobos, la burbuja donde queremos ver solamente aquello que nos hace sentir mejor, que nos reconforta y reafirma. Nos volvemos a encontrar con otra percepción de la realidad domesticada.

La escéptica realidad queda entonces como una anécdota, nos volvemos ultras de nosotros mismos y nuestros ideales. 

Pero si sales de la burbuja, te encuentras con otras tantas, te  encuentras con otras realidades que no se ajustan a la tuya. Los mundos chocan sin apenas colisionar. Tomar un café y hablar de la vida sin miedo a posibles heridas, sin saber gestionar los posibles errores, nos vuelve esclavos de nuestros miedos. Atamos con un nudo grande nuestra lengua, mientras cada vez dejamos nuestro yo real relegado a algún rincón de nuestra memoria, capaz de intentar reproducir lo que éramos al principio.

Como si se tratara de una cinta de Moebius, la rueda vuelve a girar para repetirse. Tu burbuja no es suficiente para tus culpabilidades no limpias. Te sientas sobre tu regazo para lamer tus heridas. Vuelves a abrir una red social en un momento bajo de autoestima, y todo vuelve a empezar.

No seremos libres hasta que el libre albedrío no sea otro tipo de determinación.

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